Escala de viaje

Era ya una estancia demasiado larga. El viaje que inicialmente ofrecía una escala de paso en aquel lugar no continúo. Y lo más peligroso era que seguía pasando el tiempo. Ya olvidé como era el sentir, lo que era la ilusión. De los años que sumaba de vida había dedicado los últimos a recorrer los caminos pantanosos del amor, las rutas difíciles, de piedras, con obstáculos. No podía ver al cielo si volvía a caer una y otra vez al suelo. Pero las rutas pantanosas me ofrecían generosas sus atajos, sus imágenes, sus espejismos. No lo encontraba, quizás no sabría encontrarlo. Y hasta en reposo la crueldad de la realidad venía a cazarme. No estaba buscando un camino, pero por momentos extrañaba las rutas abiertas, caminos nuevos. El mío se desgastaba cada vez más. Verborrea que escupía lo que el alma recitaba en soledad, no podía evitarlo con el laberinto que se alimentaba de mí poco a poco.

A veces mi mente se ahogaba en las circunstancias. Un año en soledad no era mucho, pero el imaginar que había que seguir explorando me quitaba las fuerzas. El laberinto me esperaba de nuevo. Podía haber sido masoquista, pero mientras me atraían las fuerzas desde la penumbra, el amor hacia su lucha. No quería creer, hace muchos años no podía creer. ¿Buscar? Para qué… quizás masoquista, pobre, egoísta, más sinónimos para este encierro que no estaba ocasionado solo por indiferencia. No quería encontrar la paciencia, el momento, las circunstancias. Otra vez amanecer acompañada, querida, observada. Que por un instante el bosque se pinte de verde y no gris como era el camino a casa todos los días. La vida no era una película, es cierto, pero el amor tampoco.

Mantenía un resquicio de memoria que me traía felicidad, vivir en el pasado lo único que hacía era clavar más las espinas que coincidencialmente plantaron ellos. No podía más. No era cuestión de solucionarlo, la compañía diaria por parte del desfile de entes no era un motivo. No estaba escrito que suceda así, ya iba por el cuarto príncipe azul y casi todos fueron carroñeros al final. Tampoco había porqué culparles, pero no estaban presentes para cooperarme en encontrar la fórmula. La fórmula para repetir los momentos sinceros; los que deberían estar acompañados de banda sonora y un letrero de final.

Finalmente era como verme en una pantalla, con nubes en mi mente y ansias en el corazón. Con contradicciones que no encontrarían respuestas. Experimentarlo una vez más era demasiado pedir, o matar a la esperanza y reducir el camino. Crear una estrategia que no me haga pensar con los sentidos y no esperar esa llamada. Esta noche no hubo un debate. Esta antología circulaba con el viento, sin rutinas miedos y sentidos, pero no podía encontrarla. Despertaría de nuevo extrañando el susurro de un gato y su respiración a mi lado.

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