Rastro de ceniza

La única posesión de valor que le quedaba era esa. La observaba mientras pensaba en los rezagos de la guerra que permanecían en su hogar. La luz que entraba por la rendija de la ventana destrozada, señalaba de manera mística un punto de la habitación. Hasta ese día no había conocido el olor a sangre. Agarró la muñeca de plástico con desesperación mientras lágrimas surtían de sus ojos. Todo volvió en un flash –la amenaza de bomba que anunciaron en la radio-, el estruendo de la explosión a pocos metros de su casa, los vidrios que estallaron por el sonido. Y ver colapsar el techo que yacía sobre la cuna de su hija en menos de un segundo.

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