Membranas a colores

Trazo lentamente con su dedo su perfil, recorrió sus muslos lisos y la línea de sus senos que mostraban sus pezones rosados. Era la tercera vez ese día, no podía alejar sus ojos de ella, era casi como una adicción, un estado mental de locura temporal que lo abandonaba a un sabor de miel, que permanecía en sus labios aún horas después de verla. Roxana se había convertido en su fortaleza, un amuleto de buena suerte que permanecía junto a él todos los días y todas las noches. Las noches eran los momentos que más lo complacían, prendía en el mini componente a Jim Morrison cerraba los ojos y la acariciaba. Atrás quedaron los días de las dudas, los temores, cuando Karla lo atormentaba con discusiones y palabras que muchas veces carecían de sentido.

El contorno de su cuerpo iba y venía con intermitencia, era lo único seguro que tenía y disfrutaba cada instante junto a ella. No podía reprocharle nada, siempre permaneció junto él, como creada por él mismo. Cada rasgo, cada color, cada textura, fueron creadas a su medida. Por ello quizá disfrutaba de su compañía como la de nadie, el sentimiento era semejante a compartir su soledad y no sentirse invadido.

Hasta aquella noche maldita en la que la sintió ajena. Primero la insultó, llamando la atención de vecinos que despertaban en sus camas sobresaltados. Muchos de ellos preguntándose con quien podría hablar, ya que desde que se mudó al barrio vivía solo. Alejandro sabía que ella se estaba alejando, su expresión se volvió ajena, su mirada perdida entre sombras y trazos.

Bajo esos términos no soportaría vivir con ella, no respondía a los insultos, apenas hablaba. Con desesperación la amenazó, la mirada de ella aún perdida en la pared. Una rabia insaciable creció desde su estómago. No podía permitírselo, ella era de su propiedad, ¿con qué derecho lo ignoraba? ¿Con qué derecho? En un instante casi eterno, cegado por sus propias lágrimas y adrenalina cogió un cuchillo. La niebla del instante poseyó el momento por lo que no sintió como él mismo destruía su brazo derecho, cortando girones de piel. A la mañana siguiente, el parte policial no fue tan complejo de descifrar: Alejandro Muñoz, de 32 años, tratado por esquizofrenia, se quedó sin medicamentos. En una crisis incontrolable empezó a remover su propio tatuaje y murió desangrado.

4 pensamientos en “Membranas a colores

  1. Expresar disparos de autofusillamiento en una batalla interna donde él y ella son parte de la maldita estrategia llamado amor.
    Me encantó.

  2. Lindo. Buen manejo de los tiempos y la intensidad dela historia.
    Si criticaría algo seria solo una palabra : “mini componente”, hace que por un segundo uno se salga de la historia.
    Pero definitivamente me gusto.

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