Vistazos urbanos

El camino al trabajo era una rutina eterna y común, en la que Michelle se mezclaba con el resto de sobrevivientes. De pie en el metro era una oveja más, yendo todas las mañanas a encerrarse ocho horas en un cubículo de colores pasteles. Ese martes no parecía ser diferente, hasta que lo vió, un hombre común, usando terno. Con sus profundos ojos verdes, el desconocido mantuvo su mirada. Aquella mirada la llevó a un café inicial, una tercera cita que terminaba en la cama; en un destello fugaz le mostró un departamento compartido, cenas con amigos, viajes, risas, ruido y una despedida. El anónimo parpadeó, en un acto reflejo se acomodó el saco y se dirigió hacia la puerta de salida, él descendió ahí. A Michelle le faltaban tres paradas para llegar.

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