Freak show

Desde su ventana el mundo parecía parte de un sueño, en colores diferentes. Solo necesitaba repetir los sonidos de los animales en silencio, cada una de las personas que recorrían las calles hacían un zoológico. Ella les daba la identidad. Tenía la costumbre de guardar silencio con sus amigos y hablar sola en las multitudes. Metáforas imposibles rondaban su cabeza, que solo lucia sus mechones cafés despeinados gran parte del tiempo. Hace tiempo que no pertenecía a aquel lugar, pero no quería dejarlo. La ciudad era un tormento necesario, su madre y la universidad. La selva de la que decidió formar parte. Pero la rutina la consumía ciertos días con un hambre absurda, se tragaba a pedazos su cordura, que terminaba presa en su estomago, junto a las otras multinacionales de las que se alimentaba. El paisaje se mostraba impasible y la eternidad un sueño de aquellos de los hablan en las película de animación. Ciertos días se golpeaba contra los transeúntes, para ver si tocando algo de su esencia podría contagiarse de vida, no entendía como todos sonreían cuando tenían la misma ruta a caminar hora tras hora.

-Peces en una pecera- recordó una película, no eran más que eso, representaciones de su imaginación que en un buen día y con audífonos, tomaban otros rasgos. Una sonrisa, una agresión y una mirada lasciva, eran los elementos de los que se construía Quito. Lo único que solía alegrarla eran los gatos. Los observaba perezosos sollozando sus maullidos a la nostalgia. Sin pena ni gloria, pero siempre con elegancia. El resto de mamíferos no lo lograban, ni aún caminando lento.

Convocaba las palabras para que la salven, en ocasiones eran los últimos segundos de certezas que le dejaban encontrarse. Otro ascensor, un vaso de leche, aromas de un lugar que cada vez desaparecía entre el smog. Tenía muchos planes, pero los caminos se desviaban lentamente y casi sin notarlo permanecía donde estaba. Nuevas manos, nuevos deseos, viejos recuerdos. ¿Para que finalmente? Para como una gata lamerse las heridas y curarse boca arriba. El olvido era la sentencia que siempre la acompañaba y no solía ser compañía grata. No era difícil notarlo, no pertenecía a este mundo. Tomó la decisión personalmente, así no tendría como arrepentirse o volver. Aquella noche subió a pie hasta el puente de la avenida Gonzales Suarez y saltó, mientras caía sentía la adrenalina de los viajes sin retorno.


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