Peces de ciudad

Raquel no quería ser recordada más que un café de media tarde, era una de aquellos peces de ciudad, que nadaban entre multitudes neuróticas e insensibles. Y a pesar del sutil rencor y desconsuelo que la invadía a veces, la soledad era su compañera habitual, su confidente. Recordaba un par de aventuras, sin mayor sentido. Era más simple seguir nadando entre la corriente. Resaltar del  resto de seres humanos al dominar completamente su corazón, creyendo que sólo palpando el amor se volvía algo real.

Rodrigo aquella velada fue acompañado de sus pensamientos y un libro. Ese lugar era su minuto de desfogue, su respiro en el día. Aún en silencio ignorando las conversaciones que se daban a su alrededor, podía sentirse  acompañado. Su departamento le parecía en ocasiones una jaula de la que escapar no era una opción.

Raquel pidió un americano, creía que el café debía tomarse puro, pero un expreso era demasiado fuerte. Y observó a la ventana, ese sofá rojo solía tener efectos terapéuticos en ella. Hacía tiempo olvidó como olvidar y en ocasiones recordaba con cariño momentos compartidos, canciones y sonrisas. Sus amigos la acusaban de inocente aún, aunque en su larga historia había llegado a vivir con una pareja, pero no funcionó.

No fue el destino, quizás solo el loco que pasó por la calle gritando e hizo que los dos volteen hacia el mismo lugar. En alguna parte del camino sus miradas se cruzaron. Ninguno de los dos creía en el romance, ninguno de los dos imaginaba un amor más allá que una noche de pasión compartida con completos extraños, que terminaba en un acto técnico y repetitivo. Los caracterizaba la ausencia de expectativa, la falta de fe.

Pero en un inexplicable acto él se acercó, sin cruzar una palabra se sentó frente a ella. Raquel permitió que el nuevo extraño se adueñe un poco de su espacio personal, tan importante para ella. Él la miró como si la conociera de toda la vida, pero profundamente solo reconocía sus soledades y miedos, en la mirada de ella. La acarició tiernamente en la mejilla y besó su frente, se puso de pie y salió. Ella se estremeció con la caricia, tampoco hablo. Permaneció sentada y lo dejó ir.

5 pensamientos en “Peces de ciudad

  1. Me ha encantado el relato, un pequeño momento lleno de grandeza. Creo que de todo lo que te he leído, es el que más me ha gustado.
    Has conseguido emocionarme con muy pocas palabras y un simple gesto.
    Besazos,
    Ester.

  2. Cuando las miradas se encuentran de esta forma, se producen pequeños huracanes momentáneos de los que siempre se puede rescatar la emoción y el vértigo.
    Un abrazo,
    D.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s