Ella, química pura

Era la mujer de sus sueños, protagonista de sus más bajas pasiones, adictiva como inyección de heroína. Y la consumía como tal. Su aroma era la única esencia que su nariz quería aspirar en las mañanas. Su sabor era el único gusto que quería guardar en sus labios y su boca. Existía para tenerla a su lado, sobre todo los amaneceres.

Si de él hubiera dependido, la ataba y no la dejaba irse nunca. Su piel le producía una necesidad tal, que sin ella no le encontraba sentido absoluto al respirar. Tantas veces la pensó y sentir que se materializaba en sus manos, era el gusto en el que caía día tras día. Cada noche beber de ella, como si estuviera en el desierto. Construirla a cada segundo y así volver a crear ese mundo que era sólo de los dos. En ese cuarto que tantas veces los vio desnudos.

Tantos años guardando distancias, ermitaño del mundo, creó aquel lugar. Finalmente escogió perderse en sus ojos y senos, en el vacío que pertenecía a los dos. Vivir para siempre en el temblor de sus piernas cuando tenía un orgasmo, no necesitaba más. Hasta aquella noche que despertó y nadie yacía a su lado…

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