La noche de los gatos

Fiel a la cita, Lucrecia entró en las sombras hablando de gatos. Ella misma parecía una hermosa gata de Angora bajo el rumoroso armiño que le llegaba a los pies y disimulaba sus movimientos. ¿Estaba desnuda dentro de su envoltura plateada?

Un olor a almizcle bañaba la atmósfera y la música barroca, de bruscos diapasones, venía del mismo rincón del que salió la dominante, seca voz:

­Desnúdate.

­Eso sí que no, protestó doña Lucrecia.- ¿Yo ahí , con esos gatos?. Ni muerta, los odio.

­¿Quería que hicieras el amor con él en medio de los gatitos?.

­Imagínate, murmuró ella, parándose un segundo y retomando su paseo circular- Quería verme desnuda en medio de esos gatos. ¡Con el asco que les tengo!

­¿Ya estabas desnuda?. Escuchándose, don Rigoberto comprendió que la ansiedad se apoderaba de su cuerpo muy deprisa.

­Todavía. Me desnudó él, como siempre. Para qué preguntas, sabes que es lo que más le gusta.

­¿Y a ti también?, la interrumpió dulzón.

Doña Lucrecia se rió con una risita forzada.

­Siempre es cómodo tener un valet, susurró inventándose un risueño recato- Aunque esta vez era distinto.

­¿Por los gatitos?

­Por quién sino. Me tenían nerviosísima. Me hacía la pila de los nervios, Rigoberto.

Fragmento del libro “Los cuadernos de Don Rigoberto” de Mario Vargas Llosa.
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