Au revoir

Y volverán como las golondrinas, los insomnios asesinos. Esas horas de la noche que parecen disfrutar alimentarse de nuestras melancolías y forzarnos a buscar en las esquinas de la memoria todas las telarañas que no se limpiaron a tiempo. Noche larga la de ayer, aunque mis esquinas parecían estar limpias por un instante los recuerdos vinieron en estampida. Es difícil decir adiós, es aún más difícil darse por vencido y esta puede ser quizás una de las derrotas en las cuales no queda espacio para tregua o éxito.

El tiempo suele jugar, es inevitable observarlo. Juega al azar con el destino, la suerte y las coincidencias haciéndonos creer que entendemos. Muchas de las distancias se alimentan de estos segundos que quedaron colgados entre los instantes de las palabras no dichas, de los silencios molestos, de las noches eternas. Hay ocasiones en las que la única estrategia es cruzar a la siguiente vereda y continuar caminando. ¿A dónde? Quien sabe… quizás solo para tras recorrer diez pasos sentarse en la acera y volver a ver el mundo. Ahora desde ojos propios, desde suspiros que quedaron en el pasado y que satirizando con la muerte encuentran ese segundo descuidado para ahogarnos.

Las miradas aparecían cada vez más diluidas. El sueño fundamental. Quizás restaba limpiar el polvo del camino que ya existía para encontrar su origen, para así saber a dónde se ha ido. Pero en esta ocasión la memoria perdió la batalla, una de ellas apenas, faltaba mucho para ganar la guerra. Alimentarse de nuevas palabras, nuevos suspiros, de sonrisas tímidas. Todo volvería a su lugar, incluso cuando haya carecido de uno desde un principio. Y el rastro que permanece son las horas, los días.

Guardaría las estrellas y planetas en las alas de mi Pegaso favorito, porque los pasos de baile avanzaron al abismo. Las palabras siempre fueron escasas pero en ocasiones innecesarias. Las fotos pocas pero memorables, las sonrisas infinitas. Acciones imprevisibles pero necesarias se presentaban ahora generosas, las opciones se racionaban sutiles mientras como la cera de una vela se consumía. Espacios propios, que no debían ser nuestros, reclaman aún pero el camino está limpio ahora. Restaba empezar a componer el ritmo de la siguiente caminata.

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