Colapsos cotidianos

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Un golpe de silencio, lagrimas y no se necesitó más para que las cosas, por un segundo, se vuelvan claras. En el viento pasa volando un papel y riendo corre una mujer detrás a recogerlo. Las crisis, a veces, se presentan de maneras muy extrañas. Solo entonces entendemos lo que muchos nos quieren decir, las veces que tus amigos te reclamaron “aprovéchenme que ando de vacaciones” y tu pensaste “que egoísta al pedir que le demos nuestro tiempo cuando tenemos tantas responsabilidades”. La mayor tragedia de existir es la rutina, despertar día a día en una ruleta rusa de actividades que muchas veces ya no nos proporcionan ni emociones. ¿Cómo saber que no son ellos los que tienen la verdad? Los que no tienen agenda. Sin planearlo cada uno hemos construido una burbuja que incluye direcciones, nombres, apellidos, destinos y hasta páginas web. Nunca nos preguntamos que hay más allá. De alguna extraña manera todos aprendimos un idioma diferente y solo hay segundos en los que nos podemos entender.

 

¿Cuándo fue la última vez que viviste ese segundo? El instante en que todos pudimos reír, que no importaba el lugar o que tan sobrios o ebrios estemos. Pero hoy me abrieron los ojos, las necesidades también encuentran maneras de exigirnos, muchas veces no basta con lo que pide el resto de nosotros ¿Libertad? Cuando terminaremos de definirla… Un perro cruza la calle llevando a su amo y yo recuerdo a mi primer amigo que llevó a comer sushi cuando existía a penas un restaurante en Quito. Un concierto de ska, una noche en el Limbo (ese era el nombre del bar), sentarse en la vereda o tomar en ese bar de la universidad en el nunca estabas sola, porque los amigos rotaban según horarios. Alguna vez hacer el amor escuchando UB40 y después de haber fumado un porro.

 

Ayer me preguntaron por qué me dedico a lo que me dedico, mi respuesta me llevó a cierto sueño de niña en el que quería ser escritora. Vivir en un mini departamento en Montmartre con cuatro gatos mientras escribía mis libros, descripción que correspondía a como me veía un ex novio a mis cincuenta años. Debemos recordar mucho más seguido lo que soñamos hacer cuando éramos pequeños, deseos sinceros que no tenían la censura de la “realidad” escrita en su frente. El viento vuelve a silbar como recordándote que hay que volver y un especie de cárcel de cuatro paredes espera. Otra de aquellas ocasiones en la que los que nos boicoteamos somos nosotros mismos. A dónde ir y cómo, seguirán siendo las preguntas. Gritemos todos en un mismo idioma, sonriamos en conjunto o simplemente sigamos construyendo este barranco enorme en donde todos terminaremos en el mismo lugar.

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