Caminando por el cielo

Todos tenemos un checklist de la vida, ese en el que ponemos nuestros sueños más inverosímiles. En la mía estaba, entre otras, visitar el Salar de Uyuni y tomarme una foto caminando en el cielo. Recuerdo hace unos seis meses conversar en un bar con un amigo, ya con cervezas encima, mientras planeábamos un hipotético viaje a Bolivia. David había estado antes allá. por lo que era más fácil. Parecía haberse quedado en planes, hasta que en diciembre vimos una promoción y tomamos la decisión. La aventura duraría una semana que no sería suficiente para vivir todo lo que ese país tenía. En el proceso me fui educando, Bolivia no tenía solo el Salar, y tampoco era un país sin atracciones como muchos tienden a pensar. Es un país para caminar, respirar que grita aventuras en cada uno de sus rincones. Solo tuvimos una reunión para preparar la agenda y estábamos listos. Con tal emoción que llegamos con demasiada anticipación al aeropuerto y el de ida era un vuelo de casi 12 horas. Íbamos dispuestos a todo; dormir en buses, caminar por horas, no bañarnos por días, no comer si no había la oportunidad (por lo que en la maleta estaban los snacks de fibra). Por mi lado conocer un país nuevo, que siempre te da esa emoción en el estómago de la que no encontramos una palabra para describir.

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Finalmente, tras hacer una escala eterna en Guayaquil, llegamos a La Paz. La prioridad era comprar los pasajes a Uyuni ese mismo día, porque era un viaje en la noche de casi 14 horas. Con ayuda del puesto de turismo en el terminal terrestre nos recomendaron que buses tomar. Mi temor aquel de no dormir bien se despejo, cuando observamos que los buses son de dos pisos y semicama. Ese sería apenas el primero de aquellos buses que tomamos. Recorriendo poco de la ciudad y comiendo algo, pudimos observar que Bolivia es un país muy barato si vas con dólares. Al cambio nos resulto siempre conveniente. A lo que no terminaría de acostumbrarme es al frío. Aquel día recorrimos algo de la ciudad en el Teleférico, que lo usan sobre todo como un medio de transporte público más que algo turístico. Y tomamos el bus esa noche. Nos indicaron que cuando llegas a Uyuni hay varias agencias de viajes que te ofrecen tours al Salar, de uno a tres días. Nosotros tomaríamos el de tres, que teóricamente no debía costar más de $100 con comida y estadía, y así fue. Después de conocer un par de opciones nos interesó Thiago Tours, negociamos rápido el precio y nos indicaron que lugares visitaríamos. Luego fuimos a alquilar una ducha para bañarnos por fin, lo que puedes ser un lujo. Más de un amigo nos indicó que en toda la ruta no hay duchas o el frío no te permite ducharte. Comimos nuestro primer desayuno decente mientras conocíamos más de Uyuni, una ciudad pequeña, en la que en cada esquina tenías a personas de 10 lugares diferentes del mundo. Nuestro tour también prometía. Todos los tours al Salar y el resto de Potosí se arman en grupos de 5 a 6 personas en autos tipo Trooper que se movían en caravana. Nuestro grupo era una chica de Israel, dos canadienses y un holandés. Todos de menos de 20 años, con mochilas llenas de tierra que venían recorriendo casi toda Sudamérica. Nuestro guía era un boliviano que no sabía mucho inglés, al que le encantaba el hip hop e incluía la palabra mayormente mínimo tres veces en cada frase.

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El primer día nos llevaron al Salar, a diferentes partes del mismo y antes a uno de los lugares que también soñé con conocer que era el Cementerio de trenes. Llegar al Salar es algo increíble, almorzamos ahí junto a decenas de turistas de todas las nacionalidades, mientras nos tomábamos fotos con las diferentes banderas del lugar. En la tarde, con un mágico atardecer fuimos al área donde el agua en el piso refleja al cielo. Mientas caía el sol el horizonte nos veía vestido de nubes y de sonrisas. No creía por fin estar ahí, el cansancio todo lo compensaba. Tome cientos de fotos, la cuarta parte no servirían pero estaba ahí y quería recordarlo. Aquella noche dormimos en una ciudad cerca en un hostal, donde después de cenar compartimos una botellas de vino. A la mañana siguiente la ruta sería el desierto Siloli, en la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa, el Árbol de Piedra, Laguna Verde y Laguna Colorada. A la distancia en el camino distinguíamos la Cordillera que limitaba con Chile. Las amistades se fueron creando, incluso un romance. Ya que las limitaciones del idioma eran muchas en un grupo así, ellos hablaban sobre todo inglés, que fue otro reto para mí al participar de conversaciones y acordarme de mi ya olvidado inglés. Aquel viaje era para descubrir más de mi, y lo fue.

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Esa segunda noche dormimos en un refugio cerca a la Laguna Colorada en la misma reserva. En aquel hostal encontramos a personas de Perú, Chile, Argentina, España, Israel y muchos países más, que venían también en diferentes tours. La conversación solo fluía, recordaré con risa que la conversación comenzó cuando hubo una discusión sobre Breaking Bad y mientras yo descansaba mi amigo me vendió como la experta sobre la serie. Lo que hizo que me vayan a sacar de la cama para participar de una hipótesis. No volví a recostarme hasta la madrugada, pero valió la pena. La explicación de los países de los que veníamos individualmente pronto siguió en cómo va la política en cada uno, concluyendo en que estábamos fregados todos. Me sorprendió gratamente también observar como muchas mujeres viajaban solas, muchas incluso sin saber español. Todos parecíamos conocernos desde hace mucho tiempo, habíamos pasado malas noches y recorrido varios países. Y esa noche todos éramos ciudadanos del mundo reunidos en un refugio de Bolivia, compartiendo experiencias. Ese fue probablemente uno de los mejores momentos que resumió ese viaje.

Vi la nieve, de cerca, es más la nieve cambió los planes del último día mientras estábamos atrapados en un camino donde los autos no podían avanzar. Otra primera vez en mi vida, aunque el frío era terrible, era un paisaje que no había visto antes. Y se convirtió en el escenario perfecto para compartir música con uno de los canadienses y escuchar con una sonrisa como el holandés ponía desde su Ipod Jamiroquai.

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El último día de tour finalmente recorrimos más del Departamento de Potosí y visitamos la Laguna Negra. De regreso se dañó el auto, tras 4 horas de espera y una discusión con mi compañero de viaje tuvimos que tomar la decisión de jalar dedo de regreso a Uyuni ya que debíamos tomar el bus de vuelta a la Paz y seguir el itinerario a Copacabana. Tomamos el último bus, del que quedaba el asiento cercano al baño y con un par de pastillas intentamos dormir hasta llegar a Uyuni. Llegamos a tiempo para discutir de nuevo, pero decidir que ese rato nos subiríamos en un bus a Copabana. El plan era dormir en la Isla del Sol. De Copacabana me enamoré, me enamoré como cuando llegué a Aguascalientes en Perú o a Paris la primera vez. A lo lejos veías el color celeste del Lago Titicaca y la ciudad crecía entre casas y restaurantes rústicos por los que paseaban gente de todas las nacionalidades. Tomamos el siguiente barco a la Isla del Sol a la parte norte, recomendación de uno de nuestros nuevos amigos españoles. Tras un viaje más largo de lo que hubiera esperado de como 4 horas en barco, donde hice otro amigo chileno, llegamos a un lugar que parecía escondido del mundo. Se respiraba paz, amistad, naturaleza. Seres de esos sacados de los cuentos recorrían las calles de tierra, en donde se encontraban hostales y restaurantes. Encontramos un hostal justo al frente del Titicaca y fuimos a recorrer la ruta de senderismo de la Isla, donde terminabas en una cima de montaña con ruinas y una parte llena de piedras ceremoniales a modo de altar. Aquel atardecer se quedaría también grabado en mi corazón. Mucho había también de que casi toda esa semana en Bolivia no encontrábamos lugares con acceso a Internet, en la Isla era imposible, a duras penas había luz. Me había desconectado del mundo oficialmente y era justo la receta que necesitaba. Aquella noche comimos algo en un café cercano y con una cerveza nos recostamos en la playa helada rodeados de carpas y fogatas mientras veíamos las estrellas sin interrupciones.

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Al día siguiente tomamos el primer bote desde la Isla del Sol, hay dos, uno a las 8h30 y otro a las 13h30. Amaneció helado y con lluvia, como gran parte de los días en la Isla del Sol. Ahí la técnica de las capas de ropa funcionó. En el barco de vuelta lo interesante era escuchar los diferentes idiomas y si mencionaban en alguna conversación a Ecuador, meterte. David estaba loco por irse a las Islas Flotantes de los Uros en Perú y en ese punto, yo había visto todo lo que estaba en mi lista, así que ese fue el siguiente destino. Después de tomar un café por dos horas en un restaurante con wi-fi en Copabana, donde sí hubo comunicación. Hasta desee un poco que no haya Internet, que pueda seguir desconectada, pero debía notificar que seguía viva a la familia. El tour que tomamos nos llevaría directo desde Copacabana cruzando la frontera con Perú para llegar a Puno, como era tarde, nuestro plan era quedarnos ahí una noche y regresar a La Paz para tomar nuestro vuelo. Y debíamos alcanzar aunque sea una tarde al Mercado de las Brujas.

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Sin imaginarlo las Islas Flotantes se convirtieron en ese lugar del mundo que me sorprendió, con cansancio de días y muchas historias en mente, me seguía asombrando. Esta comunidad vive en Islas de totora sobre el Lago Titicaca en casas del mismo material, se dedican a pesca y si tienen niños van a escuela en otras Islas. Cada Isla tiene un promedio de 8 familias con un Jefe y viven también del turismo y las artesanías. Sentí nuevamente como el salir de tu entorno racional, te abre al mundo completo y que lo que atormenta al alma muchas veces son cosas sin importancia. Regresamos a tierra mientras atardecía Puno con su reflejo en el Titicaca y esa noche encontramos probablemente el peor hotel del mundo del que lo único que salvamos era el agua caliente para ducharnos.

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Ya el final de la aventura se acercaba, el bus de regreso pasaba nuevamente por la frontera y hacia una parada en Copacabana. Nuestra prioridad ya ese rato era llegar a La Paz, tener una comida decente y prepararnos para volver. Lo curioso fue que en todo el tiempo que estuvimos en Bolivia solo alcanzamos a conocer un día La Paz o quizás menos. Un amigo viendo que estábamos allá, nos llevó a conocer el lado más moderno del lugar, con restaurantes que no distanciaban mucho de lo que veo normalmente, era quizás lo que faltaba ver. Esa fue nuestra última noche durmiendo en los asientos del aeropuerto, ya que el vuelo saldría a las 4 de la mañana. En los momentos en los que todavía tenía conciencia trataba de recordar uno a uno todos los momentos, lugares, senderos, calles, atardeceres y las emociones que me dejó. Queriendo quizás volver a los atardeceres en el Salar de Uyuni y en la Isla del Sol.

3 pensamientos en “Caminando por el cielo

  1. Me gustó mucho… y me hiciste recordar el viaje a Perú : De Copacabana me enamoré, me enamoré como cuando llegué a Aguascalientes en Perú ….🙂

    • Sí Perú fue una experiencia muy linda también, como cada nuevo viaje, aunque siempre guardaremos lugares que vamos a querer más. Ahora falta que la lista siga creciendo🙂

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