Viernes en la noche

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Hay palabras que deberían haberse guardado, justamente esas que duelen y hieren. Esas que no deberían haberlo hecho nunca. Los recuerdos a los que todos huyen pero nosotros insistíamos en mantener. Tanto prostituimos a la frase “de todo se aprende”. Lástima que no nos dimos cuenta que un tropiezo no era un hogar y ciertos brazos no eran lugares seguros. El camino estaba claro. Muchas historias lo que dejan son esas reflexiones propias. Encontrar lo mucho que era capaz de querer. Aún después de mucho tiempo de creer no poder hacerlo de nuevo. El dejarse ir, el saber que estás cruzando el punto de cometer una estupidez y disfrutarlo. Sí, era eso. Disfrutarlo. Porque solo esos momentos, los que generaban explosiones eran los que finalmente tenían algún efecto entre nosotros.

 

Creo que muchos de los recuerdos vividos los inventamos, varios los destruiste incluso. Te declaraste monarca y comenzaste a cortar cabezas. Era triste e irónico, la fuerza con la que nos insultábamos eran proporcional a las ganas que teníamos después de arreglarlo. El tiempo no fue justo, pero tu tampoco. No iba a vivir a tus expectativas, porque tus expectativas están rotas. “Je ne regrette rien” sobre todo porque al darlo todo, el corazón vive, respira, conoce y descubre. Y sí, lo di todo, hasta la última gota de interés, hasta quedar vacía.

 

Ciertos instantes asomaban como estrellas, queriendo vivir más de un segundo. El haber preparado la cena para alguien, cuando ni mis almuerzos los hago con ánimo. Un partido de fútbol, suelto entre noches y días completos de películas y cama. Las semanas que mi espacio fue nuestro, los instantes compartidos de tres con el Miguel y un viaje de despedida. Todas las historias son lo que tienen que ser, algunas son hitos, otras suspiros, otras grietas. No sería ni mi primera ni mi última vez. Definitivamente no era la tuya. Tus antecedentes eran amplios, quizás peor que los míos. Pero mis recuerdos no se merecían guardar tales arañazos.

 

Hasta cierto punto me ayudaste a exorcizar mis demonios, los que me hacían callar. Los que me decían que luchar no vale la pena. Lo que era normal para ti, para mi significaba romper tantos paradigmas, que se volvió liberador. Doloroso pero liberador. Las cosas que guardaría en ese lugar del alma serían; las últimas horas en una carretera entre Guayaquil y Cuenca, acariciar tu mejilla y sonreír mientras besabas mi espalda. Pero estabas acostumbrado a la tristeza y yo no quería que se haga mi hábito. A la larga tuvimos muchos finales épicos. Al menos el último debía ser cobarde, vacío y simple.

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